El alquimista
Durante cuatro días y cuatro noches trató el alquimista sin descanso de obtener el más bello de los metales. En la mañana del quinto día salió al exterior y, lejos de sus utensilios y de sus artes, alzó los brazos hacia el cielo clamando contra los astros.
En realidad no fueron cuatro días y cuatro noches. Tampoco se trataba de un alquimista sino de mi madre, y lo que intentaba no era encontrar la piedra filosofal sino sacar unas tremendas manchas de desodorante de los sobacos de una camiseta verde. Pero la amargura se reflejaba igualmente en su rostro.
La entropía del universo siempre aumenta, y no existe la máquina del movimiento perpetuo, y semejantes manchas, ya duras y acartonadas, simplemente no pueden salir a la luz. Hay cosas que, sencillamente, no tienen vuelta atrás. Es entonces cuando sólo queda aceptar la derrota:
---Te compro una camiseta nueva ---me dijo--- si no lo cuentas en internet...
Cuando los guardias civiles se han retirado, Mariví, una compañera, se me ha acercado llorando. No lloraba por rabia contenida, ni por la tensión, sino de tristeza: le parecía tristísimo que un ser humano fuera capaz de ordenar violencia contra un grupo pacífico. Y que otro le obedeciera. Mientras íbamos hacia Artieda tras vuestra carga, Carmen me ha hablado de un cura llamado Xirinacs que defendía la no-violencia y le escribía cartas al policía que le agredía en una u otra manifestación. Un tipo comprometido. Vía noblezabaturra.org Ahora, mientras escribo, me acuerdo del ser humano al que han logrado negar su capacidad de cuestionamiento, al fin y al cabo su libertad, la misma esencia de su humanidad, para confiar a ciegas en la cadena de mando. Alguien capaz de dejar que le amputen la responsabilidad de sus actos, su identidad, una persona minusválida en términos morales. Y no soy capaz de sentir otra cosa que mucha tristeza. Desearía decirle que comprendo su dolor, ...
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