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Con valor, pero sin precio

El 22 de marzo del 93 comenzó a celebrarse el Día Mundial del Agua siguiendo la petición de la Asamblea General de las Naciones Unidas como forma de tomar conciencia pública de su valor. Desde entonces este día se celebra con actos, proyecciones y gestos institucionales.

Sonaría hueco decir aquello de que en algunas partes del mundo sobran estos gestos, porque para sus habitantes cada día el agua vale ya su peso en oro, si no incluyésemos entre estos lugares nuestros propios pueblos. Pueblos para los que el agua no es sólo de boca o riego, un recurso más o menos caro, sino lo que sostiene la vida y modela su entorno, necesaria y respetada en todas sus muchas faenas. Algo con valor, pero sin precio, como bien saben en Biscarrués, Murillo, Yesa y tantos otros.
Es así como, quizás, conseguiríamos extender nuestra vitoreada Nueva Cultura del Agua entre quienes por edad o convicción no pudieron en su día formar aquellas largas marchas azules en contra de un Plan Hidrológico que no entendía el agua más allá de la capitalización de un recurso, en pro del progreso, aquel gigante del desarrollo de pies de barro en cuyos hombros descansaba un futuro cegador. Cegador de tan resplandeciente, y porque quedaron ciegos quienes creían verlo.

Entenderíamos así que el río tiene sus propias tareas, más allá de las que les podemos sacar provecho. Entenderemos pues, que sólo hay dos tipos de cosas que podemos cambiar: las que nos dulcifican la vida y las que nos permiten vivir; y que el aprovechamiento de la vida, como el del río, se hace al discurrir y no cobrándole peajes obligados, pues no hay precio para el valor de la vida.

No entendáis en los documentales y proclamas proyectados estos días que hay medio hemisferio que nos separa de las luchas del agua de todo el mundo. Esos problemas e ideas están tan cerca como las soluciones de nuestras manos.

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