Figurillas como Morante de la Puebla o El Juli defienden activamente en entrevistas que «nadie cuida más la ecología y el medio ambiente que el sector taurino». De un tiempo a esta parte, la frase se ha convertido en mantra oficial del sector. Hay que entenderlos —y quererlos como son, porque por qué no querer también a los tarados— haciendo el esfuerzo de entrar a hablarles en ese jardín mental en el que se esconden.
Cayetano Rivera ha sido uno de los más explícitos en prensa, lanzando mensajes en foros públicos donde se autodefinía, a él y a su gremio, como los «verdaderos ecologistas». En sus declaraciones ha reclamado con total seriedad que el sector taurino debería formar parte de las mesas de conservación ambiental de las administraciones, argumentando que la tauromaquia es «la mayor protectora de las especies protegidas que conviven con el toro bravo». Por absurdo que parezca, alguien le debió escuchar en el PP de Aragón, visto el nombramiento del presidente del Parque de Ordesa.
Como es lógico, el movimiento ecologista y animalista siempre ha respondido en los medios con bastante ironía y contundencia con cifras y contrargumentos para denunciar la burda estrategia de lavado de imagen (greenwashing) para seguir recibiendo las millonarias subvenciones públicas que reciben sus ganaderías. Pero vaya, que permitir gestionar un ecosistema sobre la base del interés en torturar públicamente a unos cuantos de sus individuos es como... se me ocurren muchos ejemplos escabrosos, pero dejémoslo en... un síndrome de Estocolmo sociopático.
Antropocentrismo vs. Biocentrismo: El truco de Dragó
Para entrar en harina, conviene recordar que existen dos visiones muy distintas en el 'ambientalismo' (que no en el ecologismo político): la antropocéntrica y la biocéntrica. Esto, que ya está explicado hasta la saciedad, es lo que define la frontera entre la gestión ambiental tradicional propuesta por los partidos de siempre (de derecha e izquierdas) y los ecologistas con las limitaciones evidentes marcadas por la realidad.
La visión antropocéntrica cuida la naturaleza en la medida en que le es útil, rentable o conceptual y/o estéticamente agradable al ser humano; se le asocian valores e ideología intrínseca, se la personifica, se la convierte en una extensión del propio ego. La visión ecologista y biocéntrica, en cambio, entiende de sistemas complejos y no de individuos aislados, respeta y colabora con sus procesos sin pretender dominarlos, observa y aprende otras formas de existir sin pretender su control.
Solo desde el primer bando se entienden piruetas psicológicas. Por eso Fernando Sánchez Dragó podía escribir columnas encendidas adorando a su gato por la mañana y pasar la tarde defendiendo con la misma pasión la tauromaquia en una plaza. Para él, el toro y el gato operaban en planos de utilidad emocional distintos para su propio ego.
Tratar de salvar el planeta no consiste en salvar tres montañas con nombre, un trozo de océano de postal, cuatro especies achuchables en peligro de extinción y a mi perra. Salvar el planeta es superar las barreras del 'uno mismo' y todo aquello a lo que tu ego se ha aferrado por necesidad o herencia cultural. Es acercarse —o intentarlo al menos— al paradigma donde la vida tiene valor por sí misma en su contexto, aunque no parezca productiva, aunque sea violenta, fea y absurda, aunque no cotice en ningún mercado ni nadie pretenda poseerla. Es algo muchas veces ingrato y, culturalmente, casi antinatural.
Y sí, es una obligación moral tratar de dirigir la misma mirada tierna al panda comiendo bambú, a las cucarachas en su estercolero y a estos siervos del sector taurino creyéndose ecologistas, todo con el mismo cariño. No sólo por ética, también por puro equilibrio personal y colectivo.
Defender una parte aislada de esos sistemas mientras destruyes el resto no es una contradicción, es una imposibilidad biológica insalvable. Pretender que eres el campeón de la ecología porque mantienes un vallado mientras celebras el rito de la sangre con los del interior es como entender que se puede cuidar la flor matando la planta. Una pirueta botánica y moral que, desde luego, solo tiene sentido en la frondosa irrealidad de sus propios jardines mentales.

Comentarios
Publicar un comentario