Hace un tiempo rondaba por los pasillos y laboratorios de la Escuela Politécnica Pukas, una pastor alemán con cara tristona que igual le daba olfatear por bocadillos que por sulfúrico. La recuerdo desde que iba al instituto contiguo, a la Pirámide, y nunca llegué a saber a quién pertenecía exactamente. Con ella aprendimos que la vida siempre se abre camino, sobre todo si anda buscando almuerzo.
Pukas murió, y hoy me he dado cuenta de que cuando los que la conocimos nos vayamos de la escuela, sólo los profesores más veteranos y las huellas que un día dejó en el cemento la recordarán.
Por eso he querido ampliar la lista y añadir un blog.
Cuando los guardias civiles se han retirado, Mariví, una compañera, se me ha acercado llorando. No lloraba por rabia contenida, ni por la tensión, sino de tristeza: le parecía tristísimo que un ser humano fuera capaz de ordenar violencia contra un grupo pacífico. Y que otro le obedeciera. Mientras íbamos hacia Artieda tras vuestra carga, Carmen me ha hablado de un cura llamado Xirinacs que defendía la no-violencia y le escribía cartas al policía que le agredía en una u otra manifestación. Un tipo comprometido. Vía noblezabaturra.org Ahora, mientras escribo, me acuerdo del ser humano al que han logrado negar su capacidad de cuestionamiento, al fin y al cabo su libertad, la misma esencia de su humanidad, para confiar a ciegas en la cadena de mando. Alguien capaz de dejar que le amputen la responsabilidad de sus actos, su identidad, una persona minusválida en términos morales. Y no soy capaz de sentir otra cosa que mucha tristeza. Desearía decirle que comprendo su dolor, ...

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